viernes, 17 de marzo de 2017

FUIMOS UNA INFANCIA ACARICIADA POR EL CIERZO


San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Latassa, Supervía, Barbasán…en esas calles transcurrió nuestra infancia. El río Huerva nuestra última frontera, lo prohibido; el puente de Los Gitanos era el más allá.

Los tres vivíamos allí, en la misma finca, en el mismo portal, el trece, pero nuestro punto de conexión fue el “Basilio Paraíso”. Aquel colegio era especial, te llevabas tu silla de casa, te daban de merendar leche en aquellas botellas pequeñas con su tapón de aluminio, y solo había dos clases, la de los pequeños y la de los mayores, era un mundo fácil, simple, de limpiar la tiza de las pizarras con trapos mojados con el agua fría de la fuente del patio.

Pero coincidíamos en más, el nombre de los tres empezaba por jota, Jesús, Joaquín y Javier.

Fuimos niños de infancia feliz, de vueltas a la manzana, de sentirte mayor cuando te dejaban ir a la escuela solo, pero seguías siendo un renacuajo.

Fuimos niños de conformarse con poco, tres pesetas eran la felicidad, y con ellas ir a la castañera de la esquina, sí, esa que estaba entre San Juan de la Cruz y Santa Teresa, sí, esa con su caseta de madera de color azul, con aquel brasero en el que asaba sus castañas en invierno, sí, era aquella mujer que siempre llevaba un pañuelo en la cabeza, que te asustaba en un principio, pero siempre acababas hablando con ella.

Fuimos niños acariciados por el cierzo, de mañanas frías con pasamontañas y pantalones cortos, de bajar a comprar el pan a la Fiterana y pasteles a Barbasán, de bollos, merengues, y de meriendas de pan con chocolate.

Fuimos niños de La Salle, de espiar a las Franciscanas, de odiar a los curas por sus capones, pero de misa semanal.

Fuimos niños de tardes de domingo en el cine de La Salle, de comprar chucherías a través de aquella ventana de madera y de vivir la peli.

Fuimos niños de envidiar a los mayores por no poder entrar en los billares, pero como rebeldes romper las reglas.

Fuimos niños de jugar al futbol en los campos de cemento que había detrás de los patios de La Salle y de rezar que el balón no cayese al Huerva. Ese río era nuestra zona prohibida, ¡ay! si nuestros padres hubieran sabido la de veces que bajamos a sus orillas, ignorábamos el peligro, ocultábamos nuestras aventuras.

Fuimos niños de jugar en la calle, de no contar las horas, de vivirlas, de paseos en bicicleta por el Parque Grande, y subir al Batallador para ver el mundo, nuestro mundo.

Fuimos niños hasta que la realidad llamó a nuestras puertas, sin avisar, y nos despertó. Y nos hizo descubrir la vida y nos movió a cada uno a su destino, y nos separó.

Fuimos niños hasta que al padre de Jesús la vida lo arrastró desde un andamio, y ese día descubrimos la muerte, la tristeza, el dolor en el corazón, sentir como te rompes en tu interior sin saber. Al de Joaquín fue la enfermedad, rápida, cruel. Y al de Javier fue la carretera, un loco, la mala suerte.

Fuimos niños marcados por un mismo destino, como cuando al amanecer el cierzo te rompe la piel y te deja frío, helándote el alma.

Fuimos niños casi convertidos en hombres a los once años.

San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Latassa, Barbasán, Supervía, Bruno Solano…esas calles siempre me sonarán a tiempos de felicidad.



Fuimos niños de una infancia acariciada por el cierzo.

(Relato escrito para la revista digital del 




4 comentarios:

  1. Si hubieras podido ver la cara que se me quedó al leer tu relato... Me hiciste regresar con mi panda, las chicas detectives, a los chalets abandonados de la calle Santa Teresa en busca de pistas; volví a merendar un bocadillo de mortadela de olivas sobre la bici del Parque Grande; recordé las risas de las chicas de las Franciscanas con los chicos de La Salle; volví a estrujar los cucuruchos de pipas en el cine de tu colegio, donde solo parábamos de comerlas cuando el indio malo le cortaba la cabellera al amigo del vaquero bueno. ¡Gracias, Javier, por trasladarme a nuestro barrio!

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    1. Gracias a ti, MªJesús, por permitirme escribir en el Callejón de las Once Esquinas. Ya sabes que este relato está escrito desde el corazón.
      Y cada vez estoy más convencido que en nuestra niñez nos vimos y nos encontramos, pero el destino hizo que nos conociéramos en el momento oportuno para recordar. Tú te acuerdas delas meriendas de mortadela con olivas, a mi estos recuerdos me saben a pan con chocolate, y como le decía a mi madre "y un trozo de chocolate pa mano" y me daba una onza.
      Nos merecemos una conversación cara a cara para recodar, para pasear juntos por esas calles, lo tenemos que hacer.
      Besos y muchos, con sabor a una infancia compartida.

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  2. Crecí en un barrio de Guadalajara, México, también en los sesentas, y tu escrito me ha transportado a esos días de juego y aventuras, muy similares a las que describes. Fuimos niños de diferentes países sorprendentemente similares. Amigos, calles, rostros, juegos, peleas, sueños que se han ido. Como tú lo dices, niños de infancia feliz, que vienen a mi mente cuando menos lo espero. Un saludo

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    1. Hector, muchas gracias por tu visita y tu comentario.
      En ocasiones la distancia no es impedimento para tener las mismas vivencias. Me alegra que mi texto te haya traído bellos recuerdos.
      Un saludo.

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